Hoy llegó la chica nueva. Ni me molesté en preguntar cómo se llama. Lo más probable es que en unos días me olvidé. En horas, en minutos. Para una mujer de mi edad no es fácil retener nombres, ni fechas, menos si son rostros circunstanciales. Lo único que puedo retener a mi edad son gases.
Irina, así se llama. Lo sé porque así se presentó, pero empezó mal. Empezó con el pie izquierdo. Si hay algo que no me gusta es que me tomen por boluda. Las personas tienen esa extraña costumbre de hablarle a los niños, a los perros y a los ancianos con ese tono agudo que en lugar de ternura, te dan ganas de mandarlos a la mierda: "¿a none tá bebé?", "¡acáta!", "uy cosita bonita de la mami amumumu", "abuelita, nonita". Mi hijo no pudo haber contratado una más boluda, la cara la delata. Pobre, no tiene la culpa. Es medio torpe y si bien a mi me faltan un par de dientes -por la edad-, a ésta le falta medio comedor.
- ¡Hola abuelita! Me llamo Irina y vine a cuidarla -se presentó con una sonrisa de oreja a oreja dejando al descubierto los orificios que tenía en la boca por la ausencia de dientes.
- No soy tu abuela, ni necesito que me cuides.
- ¡Ay no, Nona! No lo tomes a mal, yo vine aquí a pasarte un vaso de agua a la noche si tenes sed.
- Dígame Irina, ¿usted es pelotuda o se hace?
Irina presentó la renuncia al día siguiente, a primera hora.